Otro jueves se levantaba en Medina de Rioseco. Ese día la Almirante se despertó con un buen ánimo. Apenas llevaba cinco años como máxima representante de la villa pero casi todas las gentes del pueblo la querían. El proyecto de la hija de don Luis era ambicioso y quería desarrollar la ciudad construyendo y remodelando edificios, crear puentes, augmentar la población de Medina de Rioseco…
Se levantó y se sentó, como cada día, en el comedor donde Brígida ya le tenía preparado el desayuno.
- Huevos revueltos con cereales – dijo la sirvienta
- Está bien – respondió, con una sonrisa – hoy tengo hambre.
Mientras desayunaba iba reflexionando sobre su estancia en el Nuevo Mundo. Después de diez años aún pensaba en eso porque le marcó la vida. Pensaba en qué tipo de mariposa se habría convertido Miguel, qué habría sido de su hermano Rodrigo o que pasaría con el hijo del virrey.
Una vez hubo terminado de desayunar la noble mujer se levantó y se fue a dar una vuelta por el pueblo, para disfrutar del bonito día que hacía. Lo primero que hizo fue dirigirse a la plaza, aquella donde de pequeña se perdió siguiendo a un juglar. En ese momento el mercado se estaba montando porque aun era temprano. Cuando los comerciantes se dieron cuenta de la presencia de aquella mujer, la saludaron con más o menos efusividad.
- ¿Cómo está vuestra merced? – le dijo uno
- Muy bien, dando un paseo por este noble pueblo
La Almirante siguió avanzando por el pueblo pero las cosas cambiaron. Se alejó la plaza y de las calles centrales de la villa y se fue acercando hacia las periferias de la ciudad. Allí la situación era desconocida para ella. Nunca había ido por allí y de hecho pensaba que por esa zona no había nada.
Por las esas oscuras callejuelas había mendigos y de vez en cuando los locales eran negocios. La gran mayoría de los edificios eran casas que se veían deshabitadas.
- ¿Qué hace por aquí su majestad? – dijo una voz burlona a sus espaldas
Intentó correr, la Almirante, pero el hombre de sus espaldas ya la había agarrado
- ¿No me reconoces? – dijo él
- Por supuesto que sí – respondió con furia – ¡no te quiero por aquí vete al Nuevo Mundo o a donde sea!
- Huí de allí, como lo hiciste tú – respondió Rodrigo – me mantuve en la celda durante unos seis meses. Pero mi condena duraba dos años y no podía permitirme estar allí durante tanto tiempo. Así que me puse en contacto con el virrey. Como él no es tan capaz como su padre y no tenía experiencia aún en su cargo lo puede convencer de que no hice nada malo para que me liberara. Lo hizo y puede colarme en un viaje de vuelta. Pero al barco lo atacaron los piratas y el barco estuvo en manos de corsarios durante mucho tiempo. Probablemente duramente años. Yo me mantuve allí siempre sin hacer ruido. Estaba con los equipajes así que me pude alimentar de la comida de los demás pasajeros. También requisé dinero que me permitió contratar un carruaje hasta aquí, una vez el barco estuvo liberado.
Hacía rato que su no escuchaba. Mientras él hablaba ella estaba buscando con la vista algo que la ayudara a escapar de las garras de Rodrigo. Fue en ese momento cuando encontró una daga en el suelo. Le dio una patada a Rodrigo que aún la tenía agarrada y la soltó por unos segundos. Ella los aprovechó para coger la daga y esconderla.
- ¡Ahora ya eres mía, por fin! – chilló Rodrigo
Dicho eso se abalanzó sobre la Almirante. Pero Mariana pudo sacar la daga a tiempo para defenderse. Rodrigo se quedó con una expresión fija en el rostro y ella salió corriendo hacia el palacio de inmediato.
Una vez allí recogió sus cosas aprisa y se fue del pueblo sin decir nada a nadie. Ahora el pueblo se quedaba sin Almirante. Cuando Mariana estuvo fuera del pueblo decidió que lo mejor era que a partir de ése momento iría buscando un lugar donde fuera feliz para desarrollar sus últimos años de vida.
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